Contando Lágrimas

Domingo, 27 de Julio de 2008

Recuerdo un día cuando tenía 6 o 7 años en el que estaba hablando con mi abuela y le dije que nunca había visto a mi padre llorar. Ante mi sorpresa, ella me contestó “es que tu padre llora por dentro”. No llegué a entender esta frase pero algo podía intuir. Durante varios días observé a mi padre y una noche le pregunté: “papa, ¿ahora estás llorando por dentro?” Ni yo entendía aún ese concepto y él menos entendió a qué venía esta pregunta. Veinte años después, quizá por aquella historia, admiro a la gente que llora por dentro y respeto enormemente a los que no pueden evitar sus lágrimas o incluso gemidos de lamento. Con lo que no estoy de acuerdo es con las personas que se dedican a medir la pena en un funeral o la alegría en una boda por las lágrimas que la gente lanza. Una vez, hablando sobre una boda a la que habíamos asistido, un amigo me dijo sin ton ni son: “y que sepas que Lucía fue la que más lloró”. Lucía era su novia, y me estaba diciendo que la que más se alegró en ese día fue ella porque, decía, observó cuánto lloró cada uno y ella fue quien se llevó la palma.

Pero sin duda el peor recuerdo que tengo al respecto ocurrió tras la muerte de un familiar. Tres meses después de esta muerte, escuché a un primo hablar por teléfono con un amigo de la familia mientras le decía: “cuando murió, se lo dije a Pedro por teléfono y no veas cómo lo sintió. No podia hablar. Pero la que más lloró fue Eva, se pasó dos días llorando… Yo creo que es la que más le quería”. Me recordó a las historias que dicen que antiguamente se pagaba a ancianas para que fueran a gritar y llorar a los entierros. No puedo entender que en funerales o bodas haya siempre alguien buscando quién está llorando y, peor, quién no llora.

A mí por supuesto no se me ocurre pasar el escáner por todos los asistentes a ver quién tiene los ojos más llorosos. Personalmente, soy de los que intentan no llorar en público, para bien o para mal. Una vez, en un entierro, se acercó a mí una persona mayor y me dijo: “llorar es bueno”. Me quedé atónito. Por supuesto que llorar es bueno, digamos que es genial, pero por favor, déjenme decidir si el que yo llore va a ayudar o perjudicar más al principal afectado en la muerte. Y permitamos a la gente vivir su pena sin contabilizarla.

Puertas cerradas

Domingo, 6 de Julio de 2008

Hace unas semanas nos juntamos todo el grupo de amigos de la infancia en unas cabañas para celebrar la despedida de soltero de uno de nosotros. Después de todo un día de actividades deportivas, por la noche tomamos la cena en la sala privada de un restaurante del pueblo. Para el final le habíamos reservado la proyección de un montaje fotográfico en el que recordábamos toda nuestra vida juntos. Desde que meses antes habíamos comenzado a crear el montaje, siempre decíamos que sería tener muy mala suerte si se nos estropeara el DVD al reproducirlo en la despedida de soltero. Pues dicho y hecho, a los dos minutos de comenzar el disco se cortó en seco y no había manera de hacerlo continuar. Entonces saqué un DVD de reserva que había llevado por si acaso… ¡¡y resultó que había llevado una copia de seguridad de mis documentos!! Maldiciendo por mi mala suerte, fui a por mi otra copia de urgencia: una memoria USB que estaba en mi mochila en la cañaba. Fui corriendo y tropezando en todo lo que se podía tropezar hasta que di con la valla de entrada… cerrada. Todos me estaban esperando y no quería volver diciendo que nos habían cerrado la entrada así que escalé la valla como pude, desgarrándome las manos, y volví a correr hacia la cabaña. Abrí la puerta con las llaves y, una vez dentro, directamente tiré todo el contenido de mi mochila al suelo para no perder tiempo buscando. Cogí mi pendrive y fui a la puerta… ¡cerrada! No entendía cómo se había podido cerrar, y al intentar abrir con las llaves no se podía. Probé con las dos llaves con las dos orientaciones posibles y nada, la puerta no se abría. Di golpes, grité, empujé, tiré, pero aquello seguía cerrado. Me acordé del móvil, y resultó que no tenía cobertura. Tiré el móvil al suelo (menos mal que no se rompió), maldije por dentro y luego en voz alta (por qué si Dios es tan bueno ocurren cosas malas). Me giré hacia las camas, les pegué una patada, me giré y entonces… vi a un amigo mío en el umbral de la puerta (la puerta de verdad) preguntándome qué narices estaba haciendo. Con mis nervios, había estado peleándome con una puerta falsa de la cabaña que estaba sólo a 2 metros de la puerta verdadera, abierta de par en par. No pude sentirme más tonto y a la vez aliviado. Volvimos, la puerta de la valla ya estaba abierta (no pregunté cómo) y por fin pudimos reproducir el montaje. La próxima vez que me queje ante una puerta cerrada, me lo pensaré dos veces antes de darme la vuelta y patalear por mis problemas sin solución.

Contra la Iglesia

Domingo, 29 de Junio de 2008

Los últimos ataques mediáticos contra la Iglesia en algunos espacios de la cadena de televisión La Sexta han llegado a tal extremo que hace poco leía en un periódico que dos marcas de cerveza habían retirado su publicidad de esos espacios. ¿Y por qué les preocupa a esas empresas estos ataques a la Iglesia? ¿Se supone que su mayoría de consumidores son cristianos y se sentirán atacados? Claro que no. Es simplemente una cuestión de ética. La Sexta es una cadena que da prioridad al humor y lo hace muy bien; pero también, es el humor una de las mejores armas voluntarias o involuntarias para que la gente baje sus defensas y les digan qué es lo que está bien visto y qué es tan ridículo que sólo sirve para reírse de ello. Así, han hecho que en varios monólogos y programas humorísticos uno de los temas frecuentemente recurridos sea la Iglesia Católica. Por supuesto, esta es la única religión de la que se hace humor y crítica. El resto de religiones, de lo cual nos alegramos todos los cristianos, son profundamente respetadas.

Por otro lado, escucho los intentos de oscurecer la imagen de La COPE. Cuando escuchamos el nombre de esta emisora de radio, a todos nos viene a la mente el programa “La Mañana” de los días laborables. Pero esta emisora es mucho más, y presenta varios programas que intentan acercar la Iglesia a sus oyentes.

Para reírse y criticar a la Iglesia, los artistas (que simulan ser incultos) siempre hacen referencia a la actuación de la Iglesia en la Edad Media. Aquí pongo una cita de Albert Einstein, respecto al comportamiento de la Iglesia hace mucho menos tiempo:

Siendo un amante de la libertad, cuando la revolución estalló en Alemania, miré con confianza a las Universidades, sabiendo que éstas se habían siempre enorgullecido de su devoción a la causa de la verdad. Pero las Universidades fueron acalladas. Entonces miré hacia los grandes editores de los periódicos que, en fogosos editoriales, proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las Universidades, fueron sofocados en pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció en pie para bloquear el paso a la campaña de Hitler para suprimir la verdad. Nunca antes había tenido un interés particular hacia la Iglesia, pero ahora nutro un gran afecto y una gran admiración hacia ella, porque solo la Iglesia ha tenido el valor y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Confieso que ahora alabo incondicionalmente aquello que una vez desprecié.”

Cómo hemos cambiado

Domingo, 22 de Junio de 2008

Recuerdo que cuando de pequeño llegaba a casa al salir de colegio por la tarde, a las 18:00 horas comenzaba la programación para niños y podía ver con mis hermanos la serie de dibujos de moda, para después apagar la televisión y concentrarnos en estudiar. Los sábados por la tarde podíamos pasar la tarde entera juntos viendo dibujos en familia mientras merendábamos. Ahora ya no existen los horarios vespertinos para niños sino que les enseñan que lo interesante es contar la vida privada ante la televisión o criticar sin pausa. En los recreos ya no se comenta lo que pasó en el episodio del día anterior, sino si es cierto o no que la nueva novia del famoso de turno es “stripper”. Recuerdo que algunos dibujos eran prohibidos por el gobierno por ser violentos y todos nos quejábamos; ahora no hay nada que se pueda prohibir, un niño de 13 años buscará en Internet lo que quiera ver. Y si la venta de un videojuego se prohíbe en nuestro país, todos querrán probarlo y se lo descargarán gratis de Internet para saciar su curiosidad.

Esta nueva relación niño-ordenador se diferencia, entre otras cosas, de la relación niño-televisor en que ahora el ocio es en solitario. Si antes se disputaba el mando a distancia, el puesto en el ordenador y el manejo del ratón es para uno sólo. Echo de menos ver a un grupo de niños jugar en el portal de su casa (hasta hace sólo 15 años era muy común). Ahora se juntan, unen sus dos consolas portátiles con un cable, intercambian información del videojuego y se despiden hasta el día siguiente.

Si alguien quiere jugar en la calle no puede porque los demás están en sus casas o en clases extraescolares. Si quieren jugar al fútbol, tienen que pedir día y hora en el colegio para que les dejen el patio, u obligatoriamente apuntarse a un centro deportivo y pagar las tasas correspondientes.

Durante siglos, los bachilleres daban clases de Oratoria, Retórica, Modales, Ética,… Ahora esas son aptitudes que se han de adquirir día a día. Pero, ¿cómo se podrán adquirir si su tiempo libre en sociedad es cada vez menor?

Todas estas diferencias con la anterior generación derivan sencillamente del hecho de que hoy existe un abanico de opciones mucho mayor que antes, lo cual es bueno. Pero son tantas las opciones que la educación recibida a veces se convierte en aleatoria y por lo tanto inconsistente, llevando a los jóvenes de hoy a un laberinto ético del cual sólo sus padres y sus profesores les pueden sacar.

Es bueno remarcar que junto a las opciones hay límites, que junto a los derechos hay obligaciones y que junto a la paternidad y enseñanza existe una gran responsabilidad que no puede ser ignorada, por muy difícil que se ponga cumplir con ella.

Saber cuándo ayudar

Domingo, 15 de Junio de 2008

Cuando tenía 15 años y hacía algo más de un año que estudiaba en el instituto, una antigua compañera del colegio comenzó a llamarme por teléfono a intervalos regulares. Al principio las conversaciones duraban 10 minutos cordiales pero, con el paso de las semanas, las conversaciones llegaban a 1 hora completa. Fue entonces cuando comencé a darme cuenta de que la mayoría de la conversación la llevaba ella sola y yo no hacía otra cosa que asentir y esforzarme para seguir la línea de los problemas que ella me estaba contando. Recuerdo que un día le dije a mi padre que no entendía por qué me seguía llamando si yo prácticamente no hablaba, y me contestó algo que iluminó un concepto nuevo en mi mente: “hay personas que no buscan consejo sino simplemente alguien que les escuche y les digan que les entienden”. O sea, yo que tenía miedo de quedar como un aburrido y resultaba que ese era el motivo por el que mi amiga me llamaba tanto.

Creo que esto me marcó porque con el tiempo fui desarrollando un carácter tal que siempre me hacía estar atento en las conversaciones para estar seguro de que dejaba hablar a mi interlocutor todo el tiempo que necesitara. Mi hermano acabó llamándome “monje” y “cura” pero a mí no me importaba. Sin embargo, más adelante fui conociendo a gente que no sólo buscaba que le escucharan sino también opinión y consejo. Entonces llegó la soberbia y comencé a creerme con derecho a aconsejar a todo el mundo en cuanto me daban la oportunidad, llegando quizá a convertirme en un “metomentodo”.

Hace poco tiempo pasé una temporada en una ciudad diferente por motivos de trabajo. Mi contexto se vio alterado completamente pero mi forma de ser no supo adaptarse a ello. En cuanto tomé confianza con un compañero de oficina, éste comenzó a contarme de vez en cuando problemas con su compañero de piso. Ahora, con la perspectiva del tiempo, me da la sensación de que de forma inconsciente yo creía que sabía exactamente lo que estaba pensando y me autoproclamé guía ético-moral de mi nuevo amigo. Sin embargo él no estaba por la labor, y un día me dijo enojado: “Déjalo ya, no me gusta que me psicoanalicen. No eres el salvador de nadie”. Esas palabras, aunque algo exageradas por sus problemas personales, me hicieron plantearme lo que yo siempre había pensado que era algo positivo en mi persona. Recuerdo la frase de un cantautor que dice: “No es bueno el que te ayuda sino el que no te molesta”. Todos podemos discernir en mayor o menor medida nuestras virtudes y solemos intentar explotarlas. Sin embargo, he descubierto que una virtud potenciada puede convertirse en una verdadera molestia para los demás. Como siempre, la virtud está en el equilibrio.

El Bien y el Mal

Domingo, 1 de Junio de 2008

En la vida de muchos cristianos llega el momento en que un niño (o no tan niño) se acerca y le pregunta: ¿si Dios es tan bueno por qué pasan cosas malas? Como a otras preguntas, la respuesta más correcta pero también menos precisa es que no se pueden entender los planes de Dios, pues intentar entenderlo es como intentar explicarle a una mariposa que se ha colado en nuestra casa que en efecto está en nuestra casa y que ella es una mariposa y nosotros humanos. La mariposa ni siquiera sabría que le estamos hablando…

Sin embargo, ha habido filósofos cristianos que hace muchos siglos ya intentaron dar respuesta a esta pregunta. En el siglo III d.C., San Agustín (‘Padre de la Iglesia’) se vio atraído por la corriente filosófica del Dualismo varios años antes de que se convirtiera al cristianismo. Con el tiempo rechazó la postura dualista, según la cual el bien y el mal existen para equilibrarse el uno al otro en todo el universo, y varios años más tarde (ya convertido al cristianismo) argumentó que el mal no había sido creado por Dios como entidad positiva sino como la ausencia del bien, el cual sí había sido creado por Dios.

En el siglo XIII Santo Tomás de Aquino (‘Doctor de la Iglesia’) profundizó un poco más en este tema. Compartiendo la postura de San Agustín, pensó que el mal era la ausencia del bien pero que este mal había sido querido de alguna forma por Dios. Para explicar esto, distinguió entre el mal físico y el mal moral. Respecto al mal físico, argumentó que fue creado de manera necesaria por un bien mayor: la perfección del universo. Así, males físicos como la enfermedad y la muerte se presentan como requisitos para el funcionamiento del universo y, en definitiva, del plan de Dios.

Respecto al mal moral, no se presenta como necesidad pero sí como efecto secundario del libre albedrío. El hombre debe amar a Dios con libre voluntad, pero esta libertad otorgada al hombre trae como consecuencia el pecado o el mal moral.

Como siempre, cada respuesta es digna de ser considerada, argumentada y debatida si procede. Desde nuestros inicios nos hemos hecho preguntas que aún siguen sin una respuesta precisa y satisfactoria, por eso me sigo decantando por la metáfora de la mariposa a la que no se le puede hablar ni explicar dónde está. Y, si por un segundo, esa mariposa pudiera entendernos y le dijéramos que antes ha sido un gusano y que le queda un día de vida, pensaría que no sabemos lo que decimos…

Sacramentos a la carta

Domingo 18 de Mayo de 2008

Casi todos le explicamos a alguien de vez en cuando por qué ignoramos algún Sacramento. Por ejemplo, respecto a la Penitencia, se suele decir que a Dios no le sirve de nada que le contemos nuestros pecados a un Sacerdote, entre otros motivos porque Dios todo lo sabe. Sin embargo, si pensamos en lo que ocurre al portarnos mal con nuestros padres, mejor amigo o con nuestra pareja, vemos que estos saben con toda certeza cuán arrepentidos estamos por dentro y, sin embargo, quieren que se lo digamos en voz alta. Además, nuestra naturaleza es de tal manera que el hecho de pronunciar los motivos por los que nos sentimos mal nos ayuda a crecer como personas y nos sentimos más cercanos a la persona a quien pedimos perdón.

Por otra parte, ¿quién es el sacerdote para perdonarnos o para bautizarnos…? Esta pregunta no puede ser contestada pues está mal formulada. El sacerdote es un Ministro, un intermediario. Como mejor respuesta se encuentra un argumento de autoridad, San Agustín, que dijo (las palabras exactas dependen de la traducción): ‘Cuando Pedro bautiza, es Cristo quien bautiza. Cuando Pablo bautiza, es Cristo quien bautiza’. De hecho, los Sacramentos se otorgan en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Estamos tan equivocados respecto al verdadero sentido de los Sacramentos, que a veces parece que nos preparamos para recibirlos de la gente que nos rodea. La madre de un amigo es modista en una de las boutiques más caras de Albacete, y contaba el otro día cómo se incrementan en mayo las ventas de vestidos por las comuniones y bodas. ¿Esperamos comulgar en el nombre de Zara, o en el de El Corte Inglés?

Elegimos a la carta los Sacramentos que sí tienen sentido recibir y los que no. Cuando llega el día de decidir casarse, muchos no creyentes acuden corriendo a una parroquia a pedir hora con un año de antelación. Respecto a la Unción de los Enfermos, hasta un no creyente se queda más tranquilo cuando su familiar enfermo la recibe.

Los Sacramentos son siete, de los cuales un no religioso puede llegar a recibir seis. En mi opinión es tan importante recibirlos como prepararse para ellos. Y el mejor modo de prepararse es informarse de manera neta, sin prejuicios ni manipulaciones de su verdadero significado. Para ello, lo más apropiado es, de nuevo, acudir a cualquiera de los Ministros de la Iglesia y preguntarles a ellos.

Reglas humanas

Domingo 11 de Mayo de 2008

Nos levantamos todas las mañanas creyendo saber qué es lo que está bien y mal. Desde pequeños hemos ido forjando en nuestra cabeza un esquema de pequeñas y grandes reglas cívicas que cumplimos y, en la mayoría de los casos, entendemos y estamos de acuerdo con ellas. Sin embargo, nos es suficiente con mirar un poco más allá de nuestras narices para comenzar a preguntarnos si una misma acción es buena de manera universal o sólo de forma local.

Por ejemplo, tengo varios amigos chinos que no están de acuerdo con la libertad de expresión. Ellos y todos sus familiares entienden que ciertos asuntos de su país no deben caer en conocimiento de sus mismos ciudadanos y mucho menos en manos de la prensa internacional (a discusiones sobre el caos del Tíbet me refiero). Sin mirar cuestiones complejas, un compañero de cocina hace siete años era de Kenia y eructaba en mi cara mientras comíamos con la mayor sencillez del mundo. Muchos chinos sueltan en público gases por la boca (y lo que no es la boca) sin inmutarse, y sin embargo se avergüenzan al estornudar o sonarse la nariz en público. De hecho, en la cultura occidental esto no era tan raro hace menos de un siglo, como prueba lo que dijo Martin Luther King en su famoso discurso: “[…] ¿Por qué no eructas, acaso no te gusta mi comida?”.

Mi oficina es completamente internacional. Una compañera india me contaba cómo las mujeres en su país son algo de lo que hay que librarse, y por lo tanto sus padres tienen que pagar una dote al novio para que a partir de entonces se haga cargo de la mujer. Hace poco vi “Los Puentes de Madison” y me llamó la atención una frase del protagonista (que iba a hacerle cometer adulterio a la protagonista): “vivimos en una sociedad con reglas morales inventadas”. Es decir, le estaba diciendo que no era correcto sacrificar toda una vida junto a una misma persona cuando podías sentir de nuevo los efectos del enamoramiento. El director conduce tan bien la historia que en ese momento te convence de que esa fidelidad es otra de las normas que en verdad no son verdades universales sino que dependen de la cultura. Sin embargo, al acabar la película, se muestra una imagen varios años después en la que la mujer se desvive cuidando de su marido enfermo de muerte. Al final, la historia no toma exactamente partido por lo que es correcto o no: la mujer volvió a vivir la magia del amor de manera extramatrimonial pero decide no continuar con ello y vivir el matrimonio y el amor a su familia como un estilo de vida. La cuestión queda abierta pero, para mí, la imagen de la mujer anciana cuidando de su marido convaleciente muestra que compartir la vida para siempre con tu pareja puede verse como una moral universal. Sufrió, lloró, no olvidó esos días especiales, pero el amor como estilo de vida venció al aturdimiento pasajero del enamoramiento.

Necesitamos reglas para vivir, esto está claro. Pero para que nuestra alma VIVA plenamente, tenemos que hacer un gran esfuerzo para saber alimentarla con verdades universales, las cuales estoy convencido que existen y más bien me atrevería a llamarlas verdades existenciales.

Mi mejor amigo

Domingo, 13 de Abril de 2008

Jashar, una persona que he conocido hace poco y con quien tengo conversaciones bastante profundas acerca de la vida (que a veces hasta me recuerdan a la famosa conversación de San Agustín con su madre aquella noche estrellada). La semana pasada Jashar me comentó que había tenido un sueño en el que volvía a ser niño y estaba hablando en clase con una chica que le había gustado en esa época. La chica le preguntó, como se suele hacer a esa edad, quién era su mejor amigo. Aunque en el sueño él era un niño, sus recuerdos eran como si fuera adulto, y contestó que no lo sabía. Esa respuesta, una vez despierto, le dio mucho que pensar. Desde siempre había tenido en la lengua la misma respuesta a esa pregunta, sin pensarla. Pero después de ese sueño, Jashar comenzó a sentir cierta tristeza porque, a pesar de tener muchos amigos, no estaba seguro que ninguno cumpliera lo que para él es un mejor amigo. Entonces le pregunté qué es lo que esperaba de alguien para considerarle un mejor amigo. A veces no entiendo bien su acento y no capto todo lo que dice, pero en ese momento parecía que quería expresarse lo más claramente posible, y por tanto le entendí a la perfección.

Sus palabras me han quedado grabadas, y hasta a mí me ha hecho pensar en mis mejores amigos. Me dijo: “No quiero nada que yo no le dé a los amigos a los que más afecto les tengo. No soporto a los que alaban lo bien que su amigo se ha portado porque le ha invitado a cenar dos veces. No pido invitaciones, no pido que me ofrezcan favores, ni amigos sólo de fiesta y tampoco que se callen mis defectos o que miren a otro lado si me ven llorar para que no me sienta mal…” Se quedó callado un rato, como si supiera lo que no quería pero no lo que no quería. Casi pasó medio minuto en silencio, y entonces le pregunté qué es lo que buscaría en un mejor amigo: “Quiero que me pregunte, y que me siga preguntando sobre lo que le contesto… que me respete sin yo tener que pedirlo. Me gustaría que me empuje a obrar bien y haga al menos un leve esfuerzo en evitar que obre mal (aquí hizo alusión a una frase que le conté de Séneca). También que se esfuerce en querer (o al menos no llevarse mal) a la gente que yo quiero… Y que sea capaz de enfadarse conmigo porque no he hecho lo que debo. También que, aunque yo no tenga ganas de explicarme, él ya me entienda… Que ignore mis malos humores, y que confíe en mí con los ojos cerrados”. Luego se mantuvo en silencio. “¿Nada más?”, le pregunté sonriendo. “Eso sería suficiente, jaja”, rió, “de todas formas, no estoy seguro de que sea algo vital tener un mejor amigo, y los que tengo lo rozan bastante. Sólo me preocupo porque ya sabes cómo pueden llegar a afectar los sueños”.

Desde luego Jashar ha puesto un filtro muy fino para llamar a alguien mejor amigo. A todos nos encantaría tener mejores amigos así. Pero, al final de nuestra conversación, los dos llegamos a la misma conclusión: lo realmente interesante es aplicar ese filtro para intentar ser un mejor amigo. Me parece que eso es bastante más gratificante, y es una buena práctica para darle más sentido a nuestra vida.

Balanza desnivelada

Domingo, 30 de Marzo de 2008

Tengo un tío que es médico y hace años que es cirujano en un hospital de la Comunidad Valenciana. Un amigo de mi edad fue allí a realizar la residencia de cirugía y estuvo en contacto constante con él durante varios años. Me contaba que mi tío era la admiración de todo un gran equipo de cirujanos, especialistas en medicina interna y un gran número de enfermeros y residentes. La definición que más a menudo le dedicaban era la de “es muy resolutivo”. No sólo era inteligente y hacía bien su trabajo, sino que hacía todas las guardias que podía y jamás se escaqueaba del trabajo. Desde luego, en ese aspecto para mí es un modelo a seguir, y desearía que muchos médicos tuvieran esa dedicación y fueran tan resistentes para no cansarse de los pacientes con el tiempo.

Como todo, esta historia tenía otro punto de vista que nunca le llegué a contar a mi amigo residente en el mismo hospital. Al menos una vez a la semana, mi tía llamaba llorando a mi madre. Mi tío pasaba poco tiempo en casa, siempre llegaba cansado y las pocas energías que le quedaban las gastaba leyendo algún artículo en la cama. Mi tía, en principio orgullosa del éxito profesional de su marido, comenzaba a echar de menos a la persona con quien se había casado.

En un cumpleaños de mi abuelo, que ya estaba mayor, nos juntamos casi toda la familia. Mi tío no pudo venir y mi tía se quedó a dormir en nuestra casa. Esa noche mi madre y mi tía se quedaron hablando hasta tarde en el salón, pensando que las casas de hoy son como las de antes y que no se les escuchaba. Mi tía se quejaba de que en una discusión acerca del tiempo que mi tío le dedicaba, éste le contestó enfadado que “en la vida hay que hacer sacrificios para conseguir lo que queremos”.

A la mañana siguiente me llamaron a casa, donde estaba estudiando para un examen, y mi madre me acercó el teléfono al salón. Contesté enfurruñado (había apagado mi móvil para estar tranquilo) y colgué enseguida. Entonces mi tía, que lo había escuchado todo, se acercó a mí y me dijo: “Por muy ocupado que estés, las personas son lo primero”. Como me lo dijo sonriendo, no sabía si era una reprimenda o no. El caso es que me contó que ella siempre tenía paciencia por teléfono y no le gustaba cuando llamaba a alguien (por ejemplo mi tío) y le colgaban pronto con mala voz.

Mi tío sigue teniendo fama de ser “muy resolutivo” en el hospital donde trabaja, y mi tía sigue quejándose de vez en cuando. Siendo como es mi tío de inteligente, creo que lo que hace es de forma totalmente consciente Su balanza está inclinada hacia donde él quiere, por su propia voluntad. Tiene que ser difícil tomar ese tipo de decisiones y no seré yo quien lo juzgue. Al menos, pensando en esto, he llegado a la conclusión de que esté donde esté mi balanza las personas deberán ser lo primero. Pero, en el caso de mi tío, ¿qué personas? ¿Mi tía o todos sus pacientes? ¿Cómo decidir qué es lo correcto? Eso, como en tantas cosas, es algo que sólo podemos respondernos nosotros mismos.