Perdiendo lo importante
Domingo, 2 de Marzo de 2008
Hace seis años que no veo a un antiguo amigo mío, aunque de vez en cuando contactamos por email. El caso es que a Kike le ocurrió una historia muy curiosa y creo que merece la pena contarla. Pertenecíamos a un grupo en el que todos éramos veinteañeros recientes y nos encantaba salir de fiesta casi todos los jueves y sábados. De todos nosotros Kike era el único que tenái novia, aunque nunca se traía a su novia con nosotros porque todos éramos chicos y, bueno, parecía que no caía en que también podía salir él a solas con ella. Después de cada noche, si yo aguantaba hasta el final, Kike estaba aún borracho y comenzaba a hablar sobre cuánto quería a su novia y lo bien que estaban juntos. De hecho a veces la llamaba de madrugada, y por lo que yo podía enterarme parecía que ella se enfadaba por haberla despertado. Yo no sabía cómo se tomaba ella que su novio fuera tan aficionado a la fiesta, pero como él nunca nos contaba ninguna discusión pensé que quizá era una chica muy independiente y liberal.
Un puente de mayo todos los amigos decidimos irnos de fiesta a Alicante. Le pregunté a Kike si no había pensado irse con Ana a la playa pero dijo que se lo pasaba mejor con nosotros. Recuerdo que ese día no habló con ella por teléfono y, aunque él no decía nada, yo estaba seguro que alguna discusión habrían tenido. El caso es que la primera noche Kike estaba más animado que nunca y, sin llegar a poner los cuernos a Ana, se presentó y bailó con una infinidad de chicas. Al día siguente por la noche, estando de fiesta en una discoteca del puerto, Kike se animó tanto que se quitó la camisa y comenzó a bailar con tres ´amigas´ que habíamos conocido la noche anterior. Estaba hecho todo un atleta y un Bisbal, así que esa fantasmada tuvo buena aceptación entre las chicas. Sólo quedábamos él y yo, y no podía irme al hotel porque tengo una orientación horrible y no sabía cómo volver. Así que me quedé esperando hasta que se cansó de pasarlo bien y, viendo mi careto, accedió a volvernos. Por el camino llamó a Ana, por supuesto. Eran las cinco de la mañana y ella contestó. Por lo que pude enterarme, ella también estaba de fiesta pero no tenía muchas ganas de hablar con él. Entonces, de repente, Kike se paró y exclamó: “¡No digas eso! Lo que tú y yo tenemos es más fuerte que un puente de fiesta”. Vaya, Kike se había puesto a decir frases bonitas. “¿Qué tiene de malo que quiera compartir mi juventud con mis amigos, que son como mis hermanos?” Un rato después estábamos sentados en un banco del puerto, Kike llorando porque Ana le había dejado. Cada vez que alguien pasaba por enfrente del banco, era cuando Kike hablaba más fuerte y decía cosas como: “¡Qué es lo que me late si me han arrancado el corazón!”. Madre mía, no sé si estaba hecho un poeta o vivía en otro mundo distinto al de los demás. El caso es que pienso que de verdad la quería, aunque mal. Nos fuimos a dormir y, durante un mes, no hablábamos de otra cosa que no fuera Ana.
En fin, creo que los motivos de la ruptura están más que claros. Aunque a veces pienso que parte de culpa era nuestra por algo que decía Séneca: “Cómo ser rectos cuando tantos nos empujan y ninguno nos retiene”. Pero no, principalmente creo que su error fue olvidar que no se puede vivir a solas lo que es cosa de dos.
Dibujando nuestra silueta
Domingo, 24 de Febrero de 2008
La manera en que nos comportamos a diario depende directamente de las personas con las que nos encontramos y también de nuestro estado de ánimo. Obviamente no nos comportaremos igual junto a nuestros abuelos que celebrando la Nochevieja con nuestros amigos. Pero, fuera de esto, también hay personas que intentan forzar nuestro comportamiento. Cuando comencé a trabajar en Madrid hace unos años, de pronto me encontré rodeado a diario de gente nueva a quien no conocía y que tampoco sabían nada de mí. En esas circunstancias que todos compartíamos, apareció el típico individuo que no sólo se conforma con marcar su terreno sino que intenta marcar a cada uno como “el gracioso”, “el tonto”, “el que me cae bien”,… Gente con poca personalidad puede caer en este juego de “si la persona que parece liderar el grupo me ha puesto esta etiqueta, lo mejor que puedo hacer es vivir con ella”. Para empezar, la idea, en la edad adulta, de considerar como centro o como líder a una única persona me parece sumamente ridícula pero, sin embargo, ocurre muy frecuentemente. De forma que esta persona marca la pauta de muchos a nivel de grupo y también de forma individual. Cuando uno es consciente de que esto está ocurriendo, puede decidir huir de tal estupidez y conocer a otra gente, o bien marcar de manera implacable la propia personalidad. Pero esto no es siempre el caso; hace poco viajé al extranjero para realizar una estancia y fue una gran oportunidad para experimentar el buen hacer de unas relaciones humanas con gente desconocida. Al dar con gente que simplemente está esperando a descubrir quién eres, cómo eres, y no paran de preguntarte y conversar contigo para que tú les dibujes tu silueta, se llega a niveles de comprensión y amistad bastante profundos en poco tiempo.
El caso de marcar la silueta ajena es sobretodo frecuente en la adolescencia. En esa época juvenil hay una tendencia terrible a conocer a las personas por una sola etiqueta. En el momento en que la persona se comporta, de forma natural, de alguna manera que se aleja de aquella etiqueta, el resto hará como que no se ha dado cuenta o, peor, castigará socialmente este acto. Es importante educar a las personas desde jóvenes para que sepan darse cuenta de que sí es necesario imponerse de vez en cuando, y no permitir jamás que marquen nuestra silueta. Porque la forma de ésta es un reflejo de nuestro alma y moldearla es algo que sólo nos concierne a nosotros, con ayuda de los que nos quieren.