El Bien y el Mal
Domingo, 1 de Junio de 2008
En la vida de muchos cristianos llega el momento en que un niño (o no tan niño) se acerca y le pregunta: ¿si Dios es tan bueno por qué pasan cosas malas? Como a otras preguntas, la respuesta más correcta pero también menos precisa es que no se pueden entender los planes de Dios, pues intentar entenderlo es como intentar explicarle a una mariposa que se ha colado en nuestra casa que en efecto está en nuestra casa y que ella es una mariposa y nosotros humanos. La mariposa ni siquiera sabría que le estamos hablando…
Sin embargo, ha habido filósofos cristianos que hace muchos siglos ya intentaron dar respuesta a esta pregunta. En el siglo III d.C., San Agustín (‘Padre de la Iglesia’) se vio atraído por la corriente filosófica del Dualismo varios años antes de que se convirtiera al cristianismo. Con el tiempo rechazó la postura dualista, según la cual el bien y el mal existen para equilibrarse el uno al otro en todo el universo, y varios años más tarde (ya convertido al cristianismo) argumentó que el mal no había sido creado por Dios como entidad positiva sino como la ausencia del bien, el cual sí había sido creado por Dios.
En el siglo XIII Santo Tomás de Aquino (‘Doctor de la Iglesia’) profundizó un poco más en este tema. Compartiendo la postura de San Agustín, pensó que el mal era la ausencia del bien pero que este mal había sido querido de alguna forma por Dios. Para explicar esto, distinguió entre el mal físico y el mal moral. Respecto al mal físico, argumentó que fue creado de manera necesaria por un bien mayor: la perfección del universo. Así, males físicos como la enfermedad y la muerte se presentan como requisitos para el funcionamiento del universo y, en definitiva, del plan de Dios.
Respecto al mal moral, no se presenta como necesidad pero sí como efecto secundario del libre albedrío. El hombre debe amar a Dios con libre voluntad, pero esta libertad otorgada al hombre trae como consecuencia el pecado o el mal moral.
Como siempre, cada respuesta es digna de ser considerada, argumentada y debatida si procede. Desde nuestros inicios nos hemos hecho preguntas que aún siguen sin una respuesta precisa y satisfactoria, por eso me sigo decantando por la metáfora de la mariposa a la que no se le puede hablar ni explicar dónde está. Y, si por un segundo, esa mariposa pudiera entendernos y le dijéramos que antes ha sido un gusano y que le queda un día de vida, pensaría que no sabemos lo que decimos…
Sacramentos a la carta
Domingo 18 de Mayo de 2008
Casi todos le explicamos a alguien de vez en cuando por qué ignoramos algún Sacramento. Por ejemplo, respecto a la Penitencia, se suele decir que a Dios no le sirve de nada que le contemos nuestros pecados a un Sacerdote, entre otros motivos porque Dios todo lo sabe. Sin embargo, si pensamos en lo que ocurre al portarnos mal con nuestros padres, mejor amigo o con nuestra pareja, vemos que estos saben con toda certeza cuán arrepentidos estamos por dentro y, sin embargo, quieren que se lo digamos en voz alta. Además, nuestra naturaleza es de tal manera que el hecho de pronunciar los motivos por los que nos sentimos mal nos ayuda a crecer como personas y nos sentimos más cercanos a la persona a quien pedimos perdón.
Por otra parte, ¿quién es el sacerdote para perdonarnos o para bautizarnos…? Esta pregunta no puede ser contestada pues está mal formulada. El sacerdote es un Ministro, un intermediario. Como mejor respuesta se encuentra un argumento de autoridad, San Agustín, que dijo (las palabras exactas dependen de la traducción): ‘Cuando Pedro bautiza, es Cristo quien bautiza. Cuando Pablo bautiza, es Cristo quien bautiza’. De hecho, los Sacramentos se otorgan en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Estamos tan equivocados respecto al verdadero sentido de los Sacramentos, que a veces parece que nos preparamos para recibirlos de la gente que nos rodea. La madre de un amigo es modista en una de las boutiques más caras de Albacete, y contaba el otro día cómo se incrementan en mayo las ventas de vestidos por las comuniones y bodas. ¿Esperamos comulgar en el nombre de Zara, o en el de El Corte Inglés?
Elegimos a la carta los Sacramentos que sí tienen sentido recibir y los que no. Cuando llega el día de decidir casarse, muchos no creyentes acuden corriendo a una parroquia a pedir hora con un año de antelación. Respecto a la Unción de los Enfermos, hasta un no creyente se queda más tranquilo cuando su familiar enfermo la recibe.
Los Sacramentos son siete, de los cuales un no religioso puede llegar a recibir seis. En mi opinión es tan importante recibirlos como prepararse para ellos. Y el mejor modo de prepararse es informarse de manera neta, sin prejuicios ni manipulaciones de su verdadero significado. Para ello, lo más apropiado es, de nuevo, acudir a cualquiera de los Ministros de la Iglesia y preguntarles a ellos.
Reglas humanas
Domingo 11 de Mayo de 2008
Nos levantamos todas las mañanas creyendo saber qué es lo que está bien y mal. Desde pequeños hemos ido forjando en nuestra cabeza un esquema de pequeñas y grandes reglas cívicas que cumplimos y, en la mayoría de los casos, entendemos y estamos de acuerdo con ellas. Sin embargo, nos es suficiente con mirar un poco más allá de nuestras narices para comenzar a preguntarnos si una misma acción es buena de manera universal o sólo de forma local.
Por ejemplo, tengo varios amigos chinos que no están de acuerdo con la libertad de expresión. Ellos y todos sus familiares entienden que ciertos asuntos de su país no deben caer en conocimiento de sus mismos ciudadanos y mucho menos en manos de la prensa internacional (a discusiones sobre el caos del Tíbet me refiero). Sin mirar cuestiones complejas, un compañero de cocina hace siete años era de Kenia y eructaba en mi cara mientras comíamos con la mayor sencillez del mundo. Muchos chinos sueltan en público gases por la boca (y lo que no es la boca) sin inmutarse, y sin embargo se avergüenzan al estornudar o sonarse la nariz en público. De hecho, en la cultura occidental esto no era tan raro hace menos de un siglo, como prueba lo que dijo Martin Luther King en su famoso discurso: “[…] ¿Por qué no eructas, acaso no te gusta mi comida?”.
Mi oficina es completamente internacional. Una compañera india me contaba cómo las mujeres en su país son algo de lo que hay que librarse, y por lo tanto sus padres tienen que pagar una dote al novio para que a partir de entonces se haga cargo de la mujer. Hace poco vi “Los Puentes de Madison” y me llamó la atención una frase del protagonista (que iba a hacerle cometer adulterio a la protagonista): “vivimos en una sociedad con reglas morales inventadas”. Es decir, le estaba diciendo que no era correcto sacrificar toda una vida junto a una misma persona cuando podías sentir de nuevo los efectos del enamoramiento. El director conduce tan bien la historia que en ese momento te convence de que esa fidelidad es otra de las normas que en verdad no son verdades universales sino que dependen de la cultura. Sin embargo, al acabar la película, se muestra una imagen varios años después en la que la mujer se desvive cuidando de su marido enfermo de muerte. Al final, la historia no toma exactamente partido por lo que es correcto o no: la mujer volvió a vivir la magia del amor de manera extramatrimonial pero decide no continuar con ello y vivir el matrimonio y el amor a su familia como un estilo de vida. La cuestión queda abierta pero, para mí, la imagen de la mujer anciana cuidando de su marido convaleciente muestra que compartir la vida para siempre con tu pareja puede verse como una moral universal. Sufrió, lloró, no olvidó esos días especiales, pero el amor como estilo de vida venció al aturdimiento pasajero del enamoramiento.
Necesitamos reglas para vivir, esto está claro. Pero para que nuestra alma VIVA plenamente, tenemos que hacer un gran esfuerzo para saber alimentarla con verdades universales, las cuales estoy convencido que existen y más bien me atrevería a llamarlas verdades existenciales.