Contra la Iglesia
Domingo, 29 de Junio de 2008
Los últimos ataques mediáticos contra la Iglesia en algunos espacios de la cadena de televisión La Sexta han llegado a tal extremo que hace poco leía en un periódico que dos marcas de cerveza habían retirado su publicidad de esos espacios. ¿Y por qué les preocupa a esas empresas estos ataques a la Iglesia? ¿Se supone que su mayoría de consumidores son cristianos y se sentirán atacados? Claro que no. Es simplemente una cuestión de ética. La Sexta es una cadena que da prioridad al humor y lo hace muy bien; pero también, es el humor una de las mejores armas voluntarias o involuntarias para que la gente baje sus defensas y les digan qué es lo que está bien visto y qué es tan ridículo que sólo sirve para reírse de ello. Así, han hecho que en varios monólogos y programas humorísticos uno de los temas frecuentemente recurridos sea la Iglesia Católica. Por supuesto, esta es la única religión de la que se hace humor y crítica. El resto de religiones, de lo cual nos alegramos todos los cristianos, son profundamente respetadas.
Por otro lado, escucho los intentos de oscurecer la imagen de La COPE. Cuando escuchamos el nombre de esta emisora de radio, a todos nos viene a la mente el programa “La Mañana” de los días laborables. Pero esta emisora es mucho más, y presenta varios programas que intentan acercar la Iglesia a sus oyentes.
Para reírse y criticar a la Iglesia, los artistas (que simulan ser incultos) siempre hacen referencia a la actuación de la Iglesia en la Edad Media. Aquí pongo una cita de Albert Einstein, respecto al comportamiento de la Iglesia hace mucho menos tiempo:
“Siendo un amante de la libertad, cuando la revolución estalló en Alemania, miré con confianza a las Universidades, sabiendo que éstas se habían siempre enorgullecido de su devoción a la causa de la verdad. Pero las Universidades fueron acalladas. Entonces miré hacia los grandes editores de los periódicos que, en fogosos editoriales, proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las Universidades, fueron sofocados en pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció en pie para bloquear el paso a la campaña de Hitler para suprimir la verdad. Nunca antes había tenido un interés particular hacia la Iglesia, pero ahora nutro un gran afecto y una gran admiración hacia ella, porque solo la Iglesia ha tenido el valor y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Confieso que ahora alabo incondicionalmente aquello que una vez desprecié.”
Cómo hemos cambiado
Domingo, 22 de Junio de 2008
Recuerdo que cuando de pequeño llegaba a casa al salir de colegio por la tarde, a las 18:00 horas comenzaba la programación para niños y podía ver con mis hermanos la serie de dibujos de moda, para después apagar la televisión y concentrarnos en estudiar. Los sábados por la tarde podíamos pasar la tarde entera juntos viendo dibujos en familia mientras merendábamos. Ahora ya no existen los horarios vespertinos para niños sino que les enseñan que lo interesante es contar la vida privada ante la televisión o criticar sin pausa. En los recreos ya no se comenta lo que pasó en el episodio del día anterior, sino si es cierto o no que la nueva novia del famoso de turno es “stripper”. Recuerdo que algunos dibujos eran prohibidos por el gobierno por ser violentos y todos nos quejábamos; ahora no hay nada que se pueda prohibir, un niño de 13 años buscará en Internet lo que quiera ver. Y si la venta de un videojuego se prohíbe en nuestro país, todos querrán probarlo y se lo descargarán gratis de Internet para saciar su curiosidad.
Esta nueva relación niño-ordenador se diferencia, entre otras cosas, de la relación niño-televisor en que ahora el ocio es en solitario. Si antes se disputaba el mando a distancia, el puesto en el ordenador y el manejo del ratón es para uno sólo. Echo de menos ver a un grupo de niños jugar en el portal de su casa (hasta hace sólo 15 años era muy común). Ahora se juntan, unen sus dos consolas portátiles con un cable, intercambian información del videojuego y se despiden hasta el día siguiente.
Si alguien quiere jugar en la calle no puede porque los demás están en sus casas o en clases extraescolares. Si quieren jugar al fútbol, tienen que pedir día y hora en el colegio para que les dejen el patio, u obligatoriamente apuntarse a un centro deportivo y pagar las tasas correspondientes.
Durante siglos, los bachilleres daban clases de Oratoria, Retórica, Modales, Ética,… Ahora esas son aptitudes que se han de adquirir día a día. Pero, ¿cómo se podrán adquirir si su tiempo libre en sociedad es cada vez menor?
Todas estas diferencias con la anterior generación derivan sencillamente del hecho de que hoy existe un abanico de opciones mucho mayor que antes, lo cual es bueno. Pero son tantas las opciones que la educación recibida a veces se convierte en aleatoria y por lo tanto inconsistente, llevando a los jóvenes de hoy a un laberinto ético del cual sólo sus padres y sus profesores les pueden sacar.
Es bueno remarcar que junto a las opciones hay límites, que junto a los derechos hay obligaciones y que junto a la paternidad y enseñanza existe una gran responsabilidad que no puede ser ignorada, por muy difícil que se ponga cumplir con ella.
Saber cuándo ayudar
Domingo, 15 de Junio de 2008
Cuando tenía 15 años y hacía algo más de un año que estudiaba en el instituto, una antigua compañera del colegio comenzó a llamarme por teléfono a intervalos regulares. Al principio las conversaciones duraban 10 minutos cordiales pero, con el paso de las semanas, las conversaciones llegaban a 1 hora completa. Fue entonces cuando comencé a darme cuenta de que la mayoría de la conversación la llevaba ella sola y yo no hacía otra cosa que asentir y esforzarme para seguir la línea de los problemas que ella me estaba contando. Recuerdo que un día le dije a mi padre que no entendía por qué me seguía llamando si yo prácticamente no hablaba, y me contestó algo que iluminó un concepto nuevo en mi mente: “hay personas que no buscan consejo sino simplemente alguien que les escuche y les digan que les entienden”. O sea, yo que tenía miedo de quedar como un aburrido y resultaba que ese era el motivo por el que mi amiga me llamaba tanto.
Creo que esto me marcó porque con el tiempo fui desarrollando un carácter tal que siempre me hacía estar atento en las conversaciones para estar seguro de que dejaba hablar a mi interlocutor todo el tiempo que necesitara. Mi hermano acabó llamándome “monje” y “cura” pero a mí no me importaba. Sin embargo, más adelante fui conociendo a gente que no sólo buscaba que le escucharan sino también opinión y consejo. Entonces llegó la soberbia y comencé a creerme con derecho a aconsejar a todo el mundo en cuanto me daban la oportunidad, llegando quizá a convertirme en un “metomentodo”.
Hace poco tiempo pasé una temporada en una ciudad diferente por motivos de trabajo. Mi contexto se vio alterado completamente pero mi forma de ser no supo adaptarse a ello. En cuanto tomé confianza con un compañero de oficina, éste comenzó a contarme de vez en cuando problemas con su compañero de piso. Ahora, con la perspectiva del tiempo, me da la sensación de que de forma inconsciente yo creía que sabía exactamente lo que estaba pensando y me autoproclamé guía ético-moral de mi nuevo amigo. Sin embargo él no estaba por la labor, y un día me dijo enojado: “Déjalo ya, no me gusta que me psicoanalicen. No eres el salvador de nadie”. Esas palabras, aunque algo exageradas por sus problemas personales, me hicieron plantearme lo que yo siempre había pensado que era algo positivo en mi persona. Recuerdo la frase de un cantautor que dice: “No es bueno el que te ayuda sino el que no te molesta”. Todos podemos discernir en mayor o menor medida nuestras virtudes y solemos intentar explotarlas. Sin embargo, he descubierto que una virtud potenciada puede convertirse en una verdadera molestia para los demás. Como siempre, la virtud está en el equilibrio.