Justicia y Odio

Febrero 17, 2009 at 8:24 am (Crítica, Diario, Opinión, Pensamientos, Reflexiones)

Domingo, 22 de Febrero de 2009

Estos días hemos sido testigos de la trágica desgracia por el asesinato de la joven sevillana Marta del Castillo. Cada vez que nos enterábamos por el periódico o la televisión de una nueva detención relacionada con el caso, nos volvíamos a indignar y sufríamos por dentro pensando en el dolor de la familia. Los que hemos seguido el caso viendo los vídeos de las detenciones, no hemos podido evitar contagiarnos de las muchedumbres gritando maldiciones a los detenidos. Pena máxima, cadena perpetua y cambio radical en la ley es lo que muchos han pedido ansiosos; entre otros, yo.
Uno de estos días, en los que la rabia y el odio provocaban que mis comentarios no dejaran tranquila a mi novia, ésta me comentó el caso del que muchos también estarán enterados. Se trata del concursante de un programa de televisión que hace un par de semanas tuvo que abandonar el concurso porque había salido a la luz que hace años asesinó a sus padres. Su compañera de concurso, su novia, dijo que ella lo sabía desde el primer día que lo conoció y que le parecía vergonzoso que hubieran sacado a relucir esa noticia. En foros de Internet donde se comenta el programa, numerosas personas mostraban su apoyo a este concursante defendiendo que era muy posible que se hubiera reformado después de todo este tiempo.
El odio tremendo, como el que vemos estos días, cambia nuestra perspectiva de lo que es la justicia y, como pasa en muchos temas relacionados con el cristianismo, hay decisiones con las que no estamos de acuerdo en nuestro punto de vista pero sí podríamos estarlo desde otro. La verdad que no sé de qué lado estoy, pero desde que mi novia me contó este caso ya no he vuelto a sentir tanto odio, aunque sí mucha pena y rabia. Ningún sistema judicial es perfecto, y tampoco lo es ningún conjunto de leyes; sin embargo, creo que es bueno que la justicia esté alejada del odio. Una justicia alejada del odio es, a primera vista, la más injusta para las víctimas y la más justa para el culpable, y nuestra sociedad ha elegido que éste sea el modo de proceder.
¿Qué sucedería si se impartiera justicia basada en el odio además de en los hechos? Una de las primeras consecuencias es que viviríamos en un mundo sin segundas oportunidades; de nuevo, los afectados no quieren oír hablar de segundas oportunidades mientras que los acusados es lo que más anhelan. Cuando gritamos enojados que se cambie la ley y se practique la cadena perpetua o la pena de muerte, estamos pidiendo vivir en un mundo sin segundas oportunidades, con la espada de Damocles constantemente sobre nuestras cabezas. Ese es el mundo que el odio nos hace desear pero, con la cabeza fría, pocos seríamos los que tomaríamos esa opción. Quizá, al contemplar desde este punto de vista desgracias de este calibre, decidamos no elevar tanto la voz y mandar todo nuestro apoyo a la familia. Ni la venganza ni la justicia van a hacer dormir a unos padres desconsolados; sin embargo, decenas de hombros en los que apoyarse sí podrán, algún día, reavivar su espíritu.

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Soberbia

Febrero 2, 2009 at 8:12 pm (Reflexiones)

Domingo, 8 de Febrero de 2009.

En el verano de séptimo a octavo de E.G.B., pasé una semana en la playa con un compañero de clase. El último día fuimos a jugar al tenis y, por no ponernos de acuerdo sobre a quién le tocaba sacar, acabamos tirándonos las pelotas el uno contra el otro y, enfurruñados, volvimos a Albacete en el coche de sus padres. Aunque nunca nos pusimos de acuerdo, sé que yo pensaba que era culpa suya, así que no le llamé y pensé que no le vería hasta que las clases comenzaran de nuevo. Sin embargo, a principios de septiembre, llamó al portero de mi casa y dijo: “Soy Andrés, he alquilado un juego para hacer las paces”. Me puse muy contento, nos dimos la mano cuando llegó a mi piso y luego pasamos la mañana jugando. Varios meses después, en clase de Lenguaje, estábamos analizando una lectura de Ana Frank en la que el tema era la soberbia. A mi profesora le gustaba debatir todos los temas haciéndonos preguntas para hacernos pensar en ello. En este caso, me tocó a mí y me preguntó: “Pablo, ¿tú has sentido soberbia alguna vez?”. Le contesté que aún no tenía claro qué era la soberbia, y me contestó que era creer que siempre tienes razón. Intenté hacer memoria y dije que creía que no. Entonces mi amigo Andrés levantó la mano y mi profesora le dio la palabra: “¿No te acuerdas de este verano? Ahí tuviste soberbia”. Recuerdo que en ese momento me enfadé mucho por dentro y estuve a punto de contestar que había sido culpa suya porque me tocaba a mí sacar… pero no contesté porque me daba vergüenza que mi profesora entonces me acusara de soberbio. Contesté que no me acordaba bien, y mi profesora dijo: “Vale Pablo, a lo mejor si no te acuerdas de ningún momento es que eres muy bueno y no tienes soberbia”. Aquello me pareció tener completo sentido y por dentro me convencí de que yo tenía toda la razón y que la culpa de aquella disputa era de Andrés… Ahora, tantos años después y recordando aquello, no puedo evitar sentir una mezcla de risa y de vergüenza por lo estupendo que me pareció que mi profesora creyera que yo no tenía soberbia porque no lo recordaba, pues hoy creo que no hay algo más difícil para un soberbio que reconocer (o recordar) que se ha equivocado. Y me doy cuenta, al menos en mi caso, que cuantos más años se cumplen más cuesta librarse de ese defecto tan grande. No sólo es difícil dar la razón a quien la tiene sobre nosotros, sino que nos cuesta sobremanera el simple hecho de reconocer interiormente que no tenemos razón. Desde aquel día en que aprendí lo que es la soberbia, no he podido evitar preguntarme, cada vez que discuto con alguien si no estaré cegándome y en verdad no tengo razón, o si la razón es a medias. Soy consciente de que conforme pasan los años es más costoso admitir que nos equivocamos, pero lo que más miedo me da es no ser capaz de darme cuenta de mi error. Así que no está mal forzarse de vez en cuando a aplicar la frase de Zenón de Citio, que dice: “Tenemos dos orejas y una sola boca, justamente para escuchar más y hablar menos”.

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